De regreso a mi casa
Para mis hermanos Lourdes, Gerardo, Eduardo y Alex.
Toqué el timbre y, como siempre, nadie contestó por el intercomunicador ni abrió la puerta de la entrada. Noté la presencia de una cámara y pensé que los dueños de la casa no me conocían y que por eso no respondieron. Nadie en México se quiere arriesgar a que lo roben por una imprudencia.
Durante años he hecho el mismo peregrinaje y obtenido la misma respuesta. Cada vez que visito la Ciudad de México, trato de ir a la casa donde viví 20 años como niño y adolescente con la esperanza de que un día me abran y me dejen entrar. Solo quería volver a ver los lugares donde jugaba, soñaba, comía y dormía. Nada más. Es pura nostalgia, lo sé, y una verdadera necesidad interior. Lo requiero para estar en paz. Quiero saber si mis maravillosos y retorcidos recuerdos coinciden con la realidad.
Para mí, esa casa -con el número 10 en el Norte de la zona metropolitana de la ciudad de México es mi hogar. Home. En Estados Unidos, el país de la movilidad, me he mudado a un sinfín de casas y apartamentos desde Los Ángeles hasta Miami. Y aunque ahí crecieron mis hijos, sigo soñando con la casa donde yo viví en México antes de mi aventura americana.
Pero esta vez ocurrió algo distinto.
Ya me iba cuando, a lo lejos, noté que se abría la puerta de la entrada. Emocionado, me acerqué corriendo pero tratando de no asustar a la mujer en la puerta, y, medio atrabancado, le expliqué que yo había vivido en esa casa y que nada me haría más feliz que volver a verla por solo un ratito. “¿Tú eres el de la carta?”, me preguntó. “Sí”, le contesté. Se refería a la carta que un amigo había dejado en el buzón hacía semanas explicando mi extraño pedido. Me vio con ternura, me pidió que esperara, y minutos después regresó. “Pasa”, me dijo.
Aguanté las lágrimas. Crucé el patio donde mi papá estacionaba su carro y que en las tardes se convertía en estadio de futbol. Al fondo estaba la pared donde, frustrado, estrellaba una despellejada pelota de tenis con una raspada raqueta de madera.
La casa me pareció mucho más pequeña de lo que yo recordaba. No entiendo cómo cupimos y convivimos siete personas en un espacio tan reducido por dos décadas. Pero aún estaba la chimenea que nunca funcionó y que llenaba de humo la sala, y el mismo color del techo donde durante años huuna terca gotera, proveniente del minúsculo baño de arriba que compartía con mis tres hermanos y donde tarde descubrí el champú.
El jardín de atrás, donde se realizaron innumerables juegos olímpicos, series de penales y campeonatos de lucha libre, estaba casi intacto. Solo faltaba un árbol de aguacate que habíamos sembrado. El pasto estaba tan verde como cuando mi papá lo regaba como terapia los domingos por la tarde. Ahí, en el jardín y por un instante, me volví niño y me quité años de pieles arrugadas. Y hasta sentí un escalofrío cuando vi el rojo techo exterior de la casa desde el cual alguna vez planeé tirarme como Superman.
Pero algo me faltaba. Quería subir al cuarto que compartía con mi hermano Alejandro, quien murió repentinamente hace dos años. Pedí permiso y la comprensiva dueña me dijo que no había problema. Ella parecía entender la tormenta que estaba ocurriendo dentro de mí.
Subí las escaleras brincando, con esa prisa del que busca un juguete perdido. Los cuatro cuartos del segundo piso se sintieron mínimos, como si entrara a una casa de muñecas. El mío tenía la puerta abierta. Entré, con la respiración cortada, y de pronto mi mente se puso a volar. Me volví a ver en esa cama de la esquina, frente al closet donde todas las mañanas peleaba con mis hermanos por los mismos calzones y calcetines. Reconocí inmediatamente la luz, tenue, atorada por las agotadas ventanas, y ese ruido constante de los camiones pasando por la carretera que estaba a solo unos metros y que fue la banda sonora de mi infancia.
Ese era, precisamente, el centro de mi universo. Todo comenzó en ese lugarcito. Yo soy de ahí. Por un instante no supe si era el de 68 o el de 8. Estaba temblando. Pero en paz.
Me despedí del bañito de la entrada, donde nos escondíamos para utilizar la única línea de teléfono, y le agradecí a la dueña mil veces por el regalo que me había dado. Pronto me enteré de que ella amaba esa casa tanto como yo y que su gesto de dejarme entrar fue una muestra de extraordinario desprendimiento y generosidad.
Pasé el resto del día en automático. No quería molestar, en lo más mínimo, la experiencia de haber regresado a mi casa. Quería acordarme de todo. Me regañé por no haber tomado fotos. Pero nada me distrajo. Reviví al máximo lo que algún día fui. Al salir, toqué el número 10 con dos dedos de la mano derecha, y luego me los llevé al pecho.
Cuando me alejé, ya no tuve que voltear.
Cada vez que visito la Ciudad de México, trato de ir a la casa donde viví 20 años como niño y adolescente con la esperanza de que un día me abran y me dejen entrar.{}